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Cyber Humanitatis Nº 22 (otoño 2002)

 

Poemas inéditos

Torres, Antonia.
 

 

 

Chupo con angustia como un niño
Recostados sobre aéreas e inmensas piedras
(líneas de un destino unívoco)
las secretas costumbres
año cero
la lluvia escribe
AMPARO
Europa en el ojo

ver también Los Náufragos, antología de poetas de los '90


chupo con angustia como un niño
asido a su mamadera
yo, a mi paleta de caramelo

casi
me ahogo

leyendo estos poemas
hasta la fascinación se desvanecen
y su dulzor, sólo queda, el dulzor
copando mi aliento.

            a Germán Carrasco

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Recostados sobre aéreas e inmensas piedras
acariciados por el pelaje que les ha dado el tiempo
parecíamos creer que la vida era un sinfín de soleadas tardes
en las que contemplar el cielo y sus habitantes. 

entonces, como ahora, la naturaleza se arrodillaba ante los días
y resignada al clima de nuestras almas
acompañó cada minuto, cada uno de nuestros húmedos besos,
cada libro, cada siesta empozada
fiel a la adolescente promesa
de altas yerbas rozándonos las orejas 

ahora quizás,
en estos meses de calma
pueda decir: fui feliz

(el follaje se agita sobre mi cabeza
el sol brilla y enceguece mi lectura
tu sombra prepara el verano y la casa que vienen)

mientras escribo,
caen blancos pétalos de guindo sobre mi cuaderno
y espero a los girasoles escuchando germinar la maravilla.

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dijiste
que podría leerte como en un libro. 

los versos de tus manos y tu cuerpo 

emplear métodos adivinatorios para descifrarte
y obtener letras o números cazados en el aire 

dibujar un mapa con los trozos que te recorren: 

vellos, arrugas,
huesos, cabellos, 

comí de tu carne durante el viaje,
atravesé húmedas selvas,
planicies amarillas
me especialicé en resolver puzzles existenciales
reuní datos para darles sentido, 

(como cuando te describo) 

pero la constelación de tu cuerpo
esta atravesada por estrellas fugaces
líneas de un destino unívoco
en el que 

             somos las víctimas de una falsa ciencia
            los practicantes de una superstición:
            la palabra

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las secretas costumbres 

"estoy convencido de que hay más rutina
en las aventuras que en un buen matrimonio".
                  Cesare Pavese 

todas las noches recorre mi espalda
escribiendo un poema que habla de nuestra historia: 

el eterno regreso al matrimonio. 

se comen frías lentejas mirándose a los ojos,
encaramados uno al otro como arañas a la pared,
se interroga, se interpela, se grita
mirar el techo en la oscuridad y adivinarse los sueños
no estoy seguro de tu amor y otros boleros sisean en el aire

-prende la luz.             
-apágala.
 

-cuéntame algo.
si no conversamos la vida acabará pronto.
cuéntame alguna historia, aunque sea la nuestra.
la vida está hecha de historias,
miles de ellas como telas de araña.
téjeme cualquier cosa.

existimos para acompañarnos
alimentados de la ilusión
-el pan del amor conyugal-
de retozar abrazados en el mismo jergón
cuando en verdad estamos separados por siglos de biografía,
siglos de identidad, siglos de soledad
en que cada uno duerme solo en la cuenca de sus ojos,
para reunirse en un sueño común
-soñado al mismo tiempo-
en el que comparten casa, comida y lecho.

volver 

año cero 

destilamos el día
entre ramas de mañío, canelo, coigües
el siglo que se iba en un hilillo de luz
destilamos
un acto de alquimia en medio del silencio cavado
entre el moribundo calor de la tarde y la construcción del sendero
 
destilamos
la última gota de un año seco que fue a parar a la fogata
junto con los desaciertos de la biografía personal 

ascendimos
destilando en las camisetas el rencor acumulado
vimos caer el último sol en mil años y bajamos con linternas para hallar el destino 

oler el polvo, el suelo, besar sus piedras
hurgando, husmeando levantarle el tejido al día
recorrer sus cisuras, soplar entre sus rendijas,
estarse quietito allí,
como dormido,
para alzar -de pronto- la vista del libro
y asegurarse de que ya no moriremos esa noche 

(conociendo, lamiéndolo todo
la existencia un día más, sólo uno) 

atrás
la ciudad azul
destilaba gota a gota el atardecer que escurría junto al miedo
de bajar -más tarde- por el túnel.
furtivos saltos, carrera de asesinos perseguidos por linternas y perros 

apurar el relato como el paso para espantar los muertos del siglo que,
ahora,
agónico,
sólo goteaba 

alcanzar el campo que cruzamos imprecisos como a la memoria
cuyos senderos escogemos arbitrariamente para alcanzar el campamento
-el frenético sonido de la hierba rozándonos las piernas-
y,
al fin,
el nicho perfecto,
el nido horizontal donde deslizar el sueño
y el amargo champagne copando el aliento
la ilusión de despertar en cero, cero y

cero.

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la lluvia escribe
un capítulo más de la novela
sobre nuestro techo. 

su lápiz rasguña,
minuciosamente,
-la escritura del zinc-: 

poema que habla
de dos amantes,
años atrás,
refugiados de la lluvia
un hotel de inminente desaparición. 

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AMPARO 

            I
atado a la umbilical certeza
de la gravedad a la que burla
flotando,
como un  Midas,
cuarenta días y cuarenta noches
pero en semanas 

esa misma que lo amarra al tiempo
como al centro de la tierra
obligado a mirarse el ombligo 

detenido,
se escarba el cuerpo
para encontrar vetas, minerales, 

tesoros

II

así como absorbe el tiempo por una pajita
alimenta la memoria de acuosos días, 

reserva ilimitada de mineral
con que encenderá la caldera subterránea
a donde van a parar
los residuos de la propia biografía
cabellos, uñas, células,
restos para avivar el fuego de la existencia

III

y el día traía agua,
lluvia o sudor,
agua
desde el amanecer tibio entre las piernas
hasta casi medianoche; como en el cuento 

goteaba la espera, casi dolor,
casi fuerza 

con el más hermoso beso
alimento tu labio al besar mi pecho
con el beso más buscado
dibujas mi cara
yo la tuya
como los enamorados. 

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Europa en el ojo 

(a propósito de la muerte de Jorge) 

La provincia europea evapora su jornada
en gruesos telares de bruma,
telón de fondo para la prematura muerte del día.
Más allá,
la gran ciudad hierve entre copas y animadas charlas de mesón. 

Somos unos viejos campesinos alemanes
bajando las persianas al frío y al mundo,
que encienden sus lámparas de combustible
abrigan sus soledades,
los poemas que humean precoces a la noche. 

¿Hacia dónde escapa la tarde de este hemisferio?

 Lejos, al otro lado del mar, manos y pies taladrados
puedes contar todos tus huesos,
mientras nosotros, nos sorteamos tu túnica.
La heredad no es sólo materia, la casa de mi ninez y tus talismanes:
a cada uno toca también su porción de dolor,
su cuota de odio. 

Me reservo, junto al hermano menor que ya no duerme.
el beso de plata que sella tu muerte
los dos vástagos de tu maltratado tronco
únicos testigos y concelebrantes en esta temprana cena
el beso final, el adiós, la imagen religiosa bajo tu pecho
soplo los últimos secretos en tu oído hueco,
el hijo desenreda la hiedra de tus dedos
que se graban en los míos
un padrenuestro ahogado,
entre hipos,
y mis disculpas por no llegar a tiempo. 

¿Hacia dónde escurre la tarde en tu hemisferio?

Los antiguos inmigrantes
traían consigo las herramientas para reproducir el pueblo natal.
En el viaje inverso me acompañan
los elementos del álbum familiar: el equeco de la historia.
La boda de los padres cuando caía el verano
para así no olvidar el origen;
la ciudad azul, magnífica,
el día que enterramos el siglo;
el nacimiento de nuestra hija;
los amigos, las madres, infinitas en su espera,
la muerte presentida y tu expirar profundo
que me despierta a sobresaltos,
a medio camino entre tu cama y un aeropuerto europeo. 

¿Hacia dónde ascienden los sueños del hemisferio? 

La foto reproduce una tarde feliz:
el río entre niños y perros.
Una pobre orilla de playa a la que nos obligaba
el verano en la ciudad y su desierto.
La remota ninez se sumerge
junto a las oxidadas formas de un Valdivia entrevisto
entre pesados fierros y memoria.
La inmersión en las aguas de lo antiguo
cuando te creía nadador experto
de un río oscuro que oculta, aún hoy, el sonido de la muerte. 

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Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile ISSN 0717-2869