'Las Horas': de Virginia Woolf a Michael Cunningham y Stephen Daldry
Cora Requena Hidalgo
Filología Española III
Universidad Complutense de Madrid
La novela Las horas,
publicada por Michael Cunningham en 1998, es una recreación y a la vez un
homenaje a La señora Dalloway de Virginia Woolf (1925). Una recreación
pues su autor toma del original, entre otros aspectos, el personaje protagónico
y algunos de los secundarios, ciertos temas que lo componen y el estilo
narrativo. Un homenaje, pues en su recreación Cunningham ha sabido reconocer y
apropiarse de los rasgos más significativos de la obra y del estilo de Virginia
Woolf, que nos recuerdan, con frecuencia, a qué se debió la grandeza de la
escritora británica en los inicios del siglo XX y a qué se debe la vigencia de
su obra a comienzos del siglo XXI.
Las horas de Cunningham
es una obra en diálogo permanente con La señora Dalloway, y, a su vez,
es el texto que da origen a la película con el mismo nombre que Stephen Daldry
estrenó en 2002. Diálogo a tres voces sobre la base de un mismo personaje y de
una serie de situaciones que desembocan en problemáticas similares en tres
épocas diferentes: inicio del siglo XX, finales del siglo XX e inicios del XXI.
Es evidente que, en lo que concierne a la temática, la película de Daldry está
mucho más cerca de la novela de Cunningham que de la de Woolf, pues de ella
coge la historia o historias que componen el relato; sin embargo, es igualmente
evidente que la película soluciona algunos problemas de planteamiento (propiamente
cinematográficos) recurriendo directamente al texto de Woolf, y establece, de
esta manera, un diálogo directo con él que excluye en cierta forma al texto de
Cunningham. Tal vez la justificación de ello sea que, efectivamente, la novela
de Woolf se encuentra mucho más cerca de un planteamiento (temática y
estructuralmente) de tipo cinematográfico que la novela de Cunningham pues,
como se sabe, Virginia Woolf acogió con entusiasmo las nuevas y distintas
posibilidades que la técnica narrativa cinematográfica emergente proponía en
aquellos años y las incorporó a sus novelas.
1. Las horas de
Michael Cunningham
La novela narra un día cualquiera
en la vida de tres mujeres que pertenecen a distintos momentos históricos:
1. La primera de ellas es
Virginia Woolf , escritora inglesa que en 1923 se encuentra escribiendo La
señora Dalloway y en 1941 se suicida. Entre ambas fechas se desarrolla su
historia.
La caracterización física del
personaje es escasa, al menos la que proviene del narrador extradiegético puesto
que éste utiliza la focalización interna para narrar la historia de su
personaje. Sus rasgos, indumentaria, apariencia, los obtenemos por medio de
otros personajes, por ejemplo de su marido Leonard Woolf. Por él sabemos, por
ejemplo, que, a sus 41 años, está envejecida, demacrada; sabemos que es alta y
elegante y que pesa el mínimo recomendado por sus médicos (alrededor de 60
kilos).
Su caracterización psicológica,
en cambio, se desprende de lo que el mismo personaje piensa y hace (nuevamente
la focalización interna del narrador, aun cuando en otro personaje, posibilita
que el mundo sea descrito a través de un punto de vista personal). Es escritora
y está obsesionada con la novela que por entonces escribe y con sus personajes.
Es fumadora compulsiva y anoréxica (datos que nos dan una primera idea
aproximada de su mundo psíquico). El narrador dice que en época de crisis sufre
fuertes jaquecas y que oye a los pájaros cantar en griego. Por su actuación
(acciones), en cambio, sabemos que es una mujer insegura, sobre todo, en su
trato con la servidumbre.
Como personaje Virginia Woolf posee distintos móviles dependiendo de la época
en la que se encuentre: en 1923 su objeto es terminar de escribir su novela y
regresar a Londres (pues interpreta su vida en Richmond como un exilio al que
la han condenado sus médicos y su marido); en 1941, en cambio, no posee objeto
ni se explican las razones inmediatas de su suicidio. El personaje de 1941
tiene poco espacio en el texto (y es meramente simbólico) y su historia se
desarrolla de manera aislada del resto de las historias. Existen algunos
antecedentes de su suicidio en el personaje de 1923 (la reflexión sobre la
muerte en la historia del pájaro muerto, por ejemplo, o las referencias
constantes a su enfermedad mental) pero no son suficientes para dar una
explicación de los acontecimientos elididos (durante 18 años), lo cual subraya
el carácter simbólico de su muerte.
Su presencia justifica la aparición del tema de la bisexualidad aunque de
manera tangencial, más bien por referencias a la novela que escribe y sus
personajes: Clarissa Dalloway y Sally.
De los tres personajes protagónicos es el que tiene menor libertad de acción y,
como se ha dicho, menor espacio en general en la disposición del texto, tal vez
por ser el único que cuenta con un referente real y porque cumple, sobre todo,
con la función de ser el hilo conector entre las demás historias.
2. La segunda mujer es Laura
Brown, ama de casa. Su historia se desarrolla en un día del año 1949. Brown es
una mujer joven que vive en la relativa opulencia de la clase media
estadounidense posterior a la guerra (su marido es un excombatiente). Al igual
que Woolf posee una doble vida, con la diferencia de que sólo muestra una de
ellas a los personajes con los que convive.
Es un personaje extremadamente sensible e inestable (pasa de la felicidad
absoluta a la mayor infelicidad en segundos), inadaptado, y tiene una vida
interior compleja y muy rica (más que las otras dos protagonistas). Todas estas
características la convierten en un personaje claramente esférico y, en
consecuencia, poco predecible. Su frustración proviene del hecho de ser un ama
de casa, pues, como se insiste a lo largo de todo el texto, su pasado y su
presente están marcados por la imaginación y la fantasía que encuentra en sus
lecturas. En su situación actual intenta adaptarse a la vida matrimonial y a su
maternidad (prepara junto a su pequeño hijo una tarta de cumpleaños para su
marido) pero fracasa constantemente (por ejemplo, con el beso que da a su amiga
Kitty en los labios).
El narrador nos dice que es una mujer de unos 30 años, de espalda ancha y
angulosa, morena, de aspecto extranjero y ojos de rata; algo mayor que su
esposo (que fue amigo de su hermano) y extremadamente tímida.
3. La tercera mujer es Clarissa
Vaughan, editora de éxito, independiente, que vive hacia finales del siglo XX.
Es, claramente, el único personaje dinámico de la novela (y también lo será en
la película). Se trata de una mujer madura, de 51 años, que es descrita,
fundamentalmente, por el resto de los personajes que comparten su mundo (Hardy,
Mary Krull). Fue una mujer hermosa, hippie y todavía conserva algo de todo
ello; es elegante y mantiene cierto atractivo erótico. También por los demás
personajes sabemos que su mundo es superfluo y que su vida no es plena: su
mejor amigo, Richard, el poeta, la llama señora Dalloway, en referencia al
personaje de Woolf, que da fiestas «para disimular el silencio». Es lesbiana y
mantiene una relación tradicional, estable y armoniosa, con su pareja Sally.
De las tres protagonistas es la única que ha alcanzado el éxito social, sin
embargo es temerosa. Tiene una hija adolescente que no puede controlar como
quisiera, y un círculo de amigos “importantes” dentro de su
sociedad. Teme envejecer y ser olvidada por todos. Características todas estas
que la vinculan directamente con la señora Dalloway de Woolf.
Clarissa vive sus días pendiente de su amigo Richard; tanto del Richard actual
y su enfermedad (SIDA en fase terminal), como del Richard que conoció en su
juventud y que amó un verano en Wellfleet. Richard controla, por tanto, sus
acciones en el presente y sus recuerdos del pasado, y Clarissa llega incluso a
preguntarse más de una vez en la novela cómo habría sido su vida si hubiese
decidido continuar siendo la pareja de Richard. Es ella quien lo mantiene vivo
e incluso, como el propio Richard dice, quien le impide morir.
Como Laura Brown Clarissa Vaugham anhela su vida pasada porque en ella ve su
libertad (libertad en la promiscuidad, en la locura). El pasado es, pues,
idealizado por ambas protagonistas, representa la libertad, lo que fueron en
algún momento y que todavía son de alguna manera. Ambas también dudan de si la
elección hecha fue la correcta e intentan justificarse; sin embargo, llegan a
distintas conclusiones y, por tanto, emprenden acciones divergentes. Pese a
todo, como personajes, ambas cuentan con una libertad de elección mucho mayor
que Woolf.
Cuando muere Richard (y, por ende, el móvil que impulsa a Clarissa) su vida y
ella misma se transforman: todas las reflexiones esparcidas en el texto van
dirigidas hacia este momento final de la novela.
Existe un cuarto personaje en la
novela que, sin llegar a ser protagonista, es esencial en las tres historias
pues funciona como hilo invisible que une estas tres vidas: Richard. En la
historia de Clarissa Vaugham es el amigo, ex amante, el móvil que obliga a
moverse a la protagonista; en la historia de Laura Brown es el pequeño hijo que
prepara la tarta con su madre, es quien la ata a su vida estática y la repele
al mismo tiempo. Con la historia de Virginia Woolf no tiene una relación
directa, sin embargo es el poeta, el visionario que muere, el que nombra a
Clarissa y canta (o llora) a su madre; pero, sobre todo, es trasunto de
Virginia Woolf y de Septimus Warren Smith (de La señora Dalloway):
como ella es un escritor de talento, inteligente y sensible; como ellos, padece
una enfermedad que lo debilita y le impide vivir, es asediado por los médicos y
los medicamentos que lo trastornan, oye voces que le hablan en griego, y
sobrevive gracias a un carcelero que lo ama y lo une a la realidad. Como ella,
es bisexual y como ellos, acaba su vida suicidándose.
Estas cuatro historias son
contadas a través de una narración ulterior por un narrador omnisciente que
focaliza constantemente en sus personajes (focalización interna variable y
múltiple), los sigue y los abandona, pasa de uno a otro (dejando marcas en el
texto –como los espacios en blanco o los cambios de capítulo– o sin
ellas) hasta crear un ambiente descriptivo de estructura coral similar al
utilizado por Virginia Woolf en La señora Dalloway. Conocemos el mundo
a través de las reflexiones y las miradas (adjetivación) de los personajes
protagonistas y secundarios, incluso incidentales; y conocemos a todos los
personajes por medio de los ojos de otros personajes.
Para lograr todo esto el narrador presenta los pensamientos y las percepciones
de los personajes mediante el discurso traspuesto, con lo cual los personajes
protagónicos no llegan a transformarse realmente en narradores, ni existe
corriente de conciencia, pero sí son ellos claramente los verdaderos portadores
de las interioridades, juicios, y visiones de mundo transmitidas (con bastante
fidelidad) por el narrador.
–No– dice Nelly. Coge un nabo del bol y le
corta la punta con un diestro tajo del cuchillo. Así le gustaría rebanarme el
cuello, piensa Virginia; así, con ese corte descuidado, como si matarme fuese
otro de los quehaceres domésticos que la separan de la hora de acostarse. De ese
modo competente y preciso la asesinaría Nelly, lo mismo que cocina, siguiendo
recetas aprendidas hace tanto tiempo que no las considera en absoluto una
ciencia. En este momento degollaría de buena gana a Virginia como corta ese
nabo, porque la señora de la casa descuida sus obligaciones y ahora a ella,
Nelly Boxall, una mujer adulta, la castigan por elegir peras. ¿Por qué es tan
difícil tratar con los criados? La madre de Virginia lo hacía de maravilla
[pág. 85].
A este hecho debe sumarse que el
narrador utiliza con frecuencia la segunda persona, lo que indudablemente
acerca aún más las reflexiones de los personajes a su propio discurso. Sin
embargo, no abandona nunca el patrocinio narrativo y estas reflexiones de los
personajes, aun cuando fundamentales, completan la imagen de mundo presentada y
descrita por el narrador.
Respetas a Mary Krull, ella no te deja otra alternativa,
viviendo como vive al borde de la pobreza, y dando conferencias apasionadas en
la universidad de Nueva York sobre esa penosa mascarada conocida como los
sexos. Quieres apreciarla, así como su lucha, pero a la postre es demasiado
despótica en su intensidad intelectual y moral, en su infatigable demostración
de probidad agresiva y chaqueta de cuero [pág. 27].
Narrador extradiegético-heterodiegético
por tanto, que relata la mayor parte de las veces, salvo cuando aparece, en
relación intertextual, una carta de Virginia Woolf a Leonard en la que le
comunica su suicidio y se despide; y cuando aparece, también en relación
intertextual, la voz del narrador de La señora Dalloway (algunos
párrafos de la novela de Woolf) integrados en el texto.
En el aspecto temporal la novela
mantiene cierta linealidad (pautada por el transcurso del día) en prácticamente
todo el relato. Existen, sin embargo, múltiples analepsis de mayor o menor
importancia que subrayan el carácter reflexivo del texto. Las más importantes
son las que hacen alusión al verano en Wellfleet (el acontecimiento más
importante en la historia de Clarissa Vaugham y que hace posible que sus
personajes vivan del recuerdo) y al día en que Clarissa terminó su relación
sentimental con Richard. Analepsis de menor importancia son las que explican
hechos que interfieren tangencialmente en la historia: el padre de Julia (hija
de Clarissa), los amigos de las protagonistas, etc.
Las historias de Laura Brown y Clarissa Vaugham confluyen en el capítulo final
cuando, tras producirse la muerte de Richard, una Laura Brown anciana llega a
casa de Clarissa para despedir a su hijo muerto. La historia de Virginia Woolf
no confluye con las otras dos (o tres), sin embargo, está presente en gran
parte de los diálogos, acciones y reflexiones de los personajes de la novela.
Dentro del mismo plano temporal, la novela comienza con una prolepsis de una de
las tres historias: el suicidio de Virginia Woolf que servirá para mantener el
nexo de unión entre las distintas historias a lo largo del texto. No obstante,
como se ha dicho, los acontecimientos se presentan, por lo general, de manera
sucesiva y en orden cronológico, aunque el hecho de estar expuestos de manera
alternada reste inevitablemente linealidad a la sucesión.
En cuanto al ritmo, al tratarse
de tres historias que ocurren en un solo día, la novela posee un ritmo pausado,
subrayado, sobre todo, por el carácter reflexivo del contenido narrativo. No
existen, por tanto, demasiadas situaciones de diálogo, salvo en el último
capítulo cuando confluyen dos de las tres historias. Por otra parte, este mismo
carácter reflexivo (introspectivo) obliga a que los fragmentos en los que los
personajes piensan correspondan a largas pausas en el discurso pues su tiempo
se expande visiblemente. No aparecen elipsis de largo alcance, a lo sumo de
minutos u horas, y, por lo general, las que se presentan son implícitas y aparecen
al final de cada capítulo; mientras que los sumarios se utilizan cuando el
narrador cuenta lo que hacen sus personajes e inmediatamente son abandonados
para dar cabida a la pausa, es decir, al mundo interior del personaje.
Un aspecto importante en la estructuración
del contenido narrativo es la frecuencia con la que se narran acontecimientos
pasados o presentes. Pese a que Las horas desarrolla un relato de tipo
singulativo, se insiste en acciones frecuentes, iterativas, que ayudan a
reconocer los rasgos más importantes que definen a los personajes: Clarissa
Vaugham compra y comprará flores toda su vida, Virginia Woolf fuma
constantemente, Laura Brown escudriña en los cajones de la alacena como si
estuviera en un mundo ajeno, Richard oye cantar en griego y ve fantasmas, etc.
Acciones iterativas que comparten las tres mujeres y otros personajes (poner
flores en un florero, mirarse al espejo), y sobre todo, iteraciones que entran
en diálogo con las acciones de Clarissa Dalloway y el resto de personajes de la
novela de Virginia Woolf.
Tampoco es infrecuente la utilización del relato repetitivo, que cobra gran
importancia cuando desarrolla los momentos más significativos de la historia
pasada de los personajes (Wellfleet, Clarissa abandona a Richard en una esquina
de alguna calle). Frases y hechos se repiten sin cesar en distintos contextos
(«La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores»), como si los
personajes de las distintas historias se los pasaran unos a otros, con el fin
de crear una atmósfera homogénea y común a todos ellos. Por esta razón, tanto
iteraciones como repeticiones son fundamentales para comprensión cabal del
texto pues, al tratarse de una novela en diálogo consigo misma y con La
señora Dalloway, cada detalle cobra una significación especial, se
sobresignifica, dentro de su contexto particular; de ahí emergen los distintos leitmotiv que, como se verá, serán fundamentales en las exposición de las imágenes en la
película de Daldry.
2. Las horas de Stephen
Daldry
La película de Daldry pertenece
al tipo de adaptación por transposición o adaptación activa pues alcanza un
alto nivel de fidelidad a la novela de Cunningham (tanto en letra como en
espíritu), a la vez que evidencia una búsqueda constante de los medios
propiamente cinematográficos para transcribir lo que en la novela se halla en
palabras. En este sentido, el mayor escollo al que se enfrenta esta adaptación
es, indudablemente, el carácter reflexivo del texto literario y, por tanto, los
seudo-monólogos interiores de los personajes que, la mayor parte de las veces,
son integrados en el relato cinematográfico en forma de diálogos de los
personajes (por ejemplo, la escena en la que Virginia Woolf está en la estación
de Richmond y explica a Leonard lo que en la novela sólo piensa para sí misma).
También hay variación en la exposición o presentación de los personajes o de
las situaciones, como por ejemplo, la introducción que desarrolla por medio del
montaje alternado la historia de las tres protagonistas, introducción que no aparece
en la novela pero que reproduce fielmente su estructura alternada y sucesiva
(en lo que al tiempo respecta). Estos cambios, y algunos más igualmente
significativos, pertenecen, sin embargo, a la ya mencionada búsqueda por
representar de la mejor manera posible (en este caso, más fiel) a través de la
imagen fílmica las cualidades estéticas, ideológicas, culturales del texto
precedente, sin que se produzca por ello una interpretación particular o
paráfrasis del mismo. Salvo casos concretos y de importancia relativa (por
ejemplo, el giro que experimentan algunos personajes como Mary Krull, o los
cambios debidos a la necesaria reducción de episodios, acontecimientos y
personajes de menor importancia), la película de Daldry mantiene tanto la forma
y como el contenido original del texto de Cunningham y no se producen
digresiones o cometarios significativos en el relato que afecten a su esencia.
En lo que a los personajes se
refiere, la película se apropia de la mínima caracterización física presente en
el texto literario y la incorpora a la imagen a través de la vestimenta y del
maquillaje de los actores que los interpretan, de sus movimientos y gestos
faciales. Este último aspecto es de suma importancia pues la clara tendencia
del texto de Cunningham a la focalización interna priva la mayor parte de las
veces al lector de la captación del aspecto físico y de los movimientos de los
personajes mientras hablan o reflexionan.
Es lo que ocurre, por ejemplo,
con el personaje de Virginia Woolf, interpretado por la actriz Nicole Kidman,
cuyos movimientos rápidos y neuróticos no pueden ser percibidos en la lectura
de la novela (puesto que casi no se hace referencia a ellos) pero sí pueden ser
deducidos o imaginados gracias al cuadro psicológico que se ha ido trazando del
personaje. En este caso la imagen remplaza lo que en el texto literario es
explicación o descripción más o menos indirecta del personaje.
Para la definición de Woolf se ha recurrido, además, a la ampliación de uno de
los personajes incidentales: su hermana Vanessa, puesto que en el texto fílmico
este personaje cobra mayor importancia al funcionar como contrapunto de
Virginia Woolf en la oposición libertad-encierro, Londres-Richmond. También se
ha introducido en la relación entre ambas hermanas una tensión inexistente en
la novela, y algunos de los comentarios sobre el estado mental de Woolf que en
el texto literario emite el narrador extradiegético aquí es Vanessa quien los
hace (como, por ejemplo, gran parte de la secuencia en que va con sus hijos a casa
de su hermana y explica a su hija que Virginia es rica porque habita dos
mundos; o cuando los chicos ríen porque su tía habla sola).
Pese a todo, el personaje de la película es menos rico y menos complejo que el
personaje literario, pues, pese a que se han seleccionado buenos fragmentos (y
gestos) para describirlo, es imposible reproducir muchas de las reflexiones del
personaje presentes en el texto (en la película se ha optado por no incluir una voz en over que, posiblemente, habría interrumpido el ritmo del
relato). Se pierde, por tanto, parte de la grandeza de las reflexiones del
personaje, así como la tensión permanente entre su lado oscuro y su lado
luminoso, como, por ejemplo, en su relación con Leonard cuya afabilidad
desaparece en el texto fílmico al elidirse los momentos felices y claramente
distendidos que viven ambos personajes, lo que, a la larga, quita relieve a la
configuración del personaje.
El caso de Laura Brown es aún más
extremo. El personaje tiene poco desarrollo en la película y se ha omitido la
historia de su pasado que, en la novela, explica el origen de su insatisfacción
presente. Algo, sin embargo, sabemos de su forma de ser (o, más bien, de su
forma de ser en el pasado) por boca de su marido en la secuencia del cumpleaños
(Laura fue la típica estudiante de película hollywodense solitaria y retraída,
que se queda sin bailar en las fiestas escolares), pero no es suficiente para
identificar sus móviles actuales. Por esta razón, la película insiste, sobre
todo, en su deseo de suicidarse que, en la novela, se plantea de forma mucho
más ambigua y es tratado por el propio personaje de manera más lúdica (Laura es
capaz de ironizar o de hacer parodia de sí misma cuando reflexiona sobre la
muerte). Pese a todo, este personaje continúa siendo en la película el que
explica el comportamiento y gran parte de los procesos vitales de los demás
personajes, además de ser el nexo que los une: por un lado, está presente en la
relación entre Richard (sus obsesiones y su actuación) y Clarissa; por otro, es
quien une, con su lectura de La señora Dalloway, la vida de las tres
mujeres protagonistas). También es fundamental en la película para justificar
la pulsión de muerte (suicidio) de algunos de los personajes, y, en este
sentido, se justifica la insistencia en el tema cada vez que aparece en
pantalla (y la secuencia del hotel, cuando vive una ensoñación en la que su
cuerpo es inundado por las aguas que emergen de los lados de su cama).
El problema que plantea la enorme simplificación del personaje en el guión (la
más importante del filme) lo salva la extraordinaria actuación de una silente
Julianne Moore que logra representar por medio de su gestualidad y de sus
movimientos corporales, decididamente teatrales, el mundo interior de Laura
Brown, integrando, de esta manera, parte del mundo interior que define al
personaje literario al silencio que define al personaje fílmico. Existen, sin
embargo, algunos datos añadidos (ausentes en la novela por innecesarios) que se
utilizan para explicar el comportamiento de Laura (como su dependencia de las
pastillas que llevará consigo al hotel cuando intenta suicidarse).
Tanto en el texto literario como en el fílmico el móvil de este personaje es
encontrar la calma, “la vida”, que ha perdido con su vida
matrimonial y su maternidad. En la novela no es tan dramática su aceptación de
la muerte pero sí aparece el tema del abandono de su familia con la misma
intensidad. En el filme, muerte y abandono son los dos caminos para que el
personaje pueda lograr su objeto.
Clarissa Vaugham es también, como
ocurre en la novela, el personaje más dinámico de la película. Su definición y
desarrollo son bastante similares en ambos textos, aunque en el filme se han
dejado fuera datos importantes que explican sus dudas y contradicciones (el
tema de la vejez, la historia del abandono de Richard, sus ansias de libertad,
y su pasado, que ella misma define como promiscuo). En la película es una
personaje más débil y menos feliz (como en las otras dos protagonistas, se han
elidido los pasajes que muestran los momentos más distendidos y lúdicos). A
diferencia de la novela, su relación con Sally es conflictiva (como ocurre
también con la de Virginia y Leonard), con la diferencia de que en el caso de
Clarissa no se representa sólo en algunos momentos sino que la tensión se hace
extensiva a todo el relato.
Una de las mayores pérdidas de la película es la supresión de Mary Krull
(pareja de la hija de Clarissa, Julia Vaugham) pues en el libro este personaje
no sólo entrega una descripción exacta del tipo de lesbianismo de Clarissa (que
aquí menciona Richard de manera insuficiente) sino que desarrolla en
profundidad el tema de la homosexualidad. Su omisión es incomprensible y deja
al texto fílmico sin uno de los hilos principales de la novela, además de
provocar que el personaje de Clarissa sea mucho más plano que su original. La
consecuencia directa de esta transformación es un cambio fundamental de los
rasgos del personaje: en la novela es Clarissa quien abandonó en el pasado a
Richard, es decir, quien decidió no continuar con su relación amorosa (como
Clarissa Dalloway y Peter, en la novela de Woolf); en la película es ella la
abandonada. La secuencia de Clarissa y Louis (ex-pareja de Richard) en la
cocina mientras ella prepara la cena de celebración de Richard es clara muestra
de ello; vemos a una Clarissa llorosa, descontrolada, débil que no aparece en
la novela (no, al menos, en lo que respecta a este tema).
Richard Brown adquiere en la
película de Daldry un protagonismo que no posee en la novela. En la película es
uno más entre los personajes más importantes de la historia e incluso se
representan recuerdos y situaciones que explican parte del contenido diegético
que la falta de reflexiones de los personajes ha convertido en lagunas en el
texto fílmico (como por ejemplo, la focalización en sus recuerdos de infancia,
o la secuencia de enlace en la que Richard observa un retrato de su madre
vestida de novia). Su importancia, por tanto, es mayor (o se hace más
explícita), puesto que él mismo es quien explica lo que en la novela perciben
los demás personajes o comenta directamente el narrador.
El narrador
extradiegético-heterodiegético en la película es silente, y, en consecuencia,
son únicamente las imágenes las que presentan los hechos a través de una
narración simultánea. Se suman a él dos narradores diegéticos, como en la
novela: la carta de Virginia Woolf a Leonard (vemos la carta y oímos la voz
en off del personaje que la lee), y la voz en off del narrador de
La señora Dalloway. Por esta razón, su mayor intervención en el texto
fílmico la percibimos gracias a una fuerte perspectivización (concretamente,
auricularización) del contenido diegético, similar a la utilizada por
Cunningham en su novela en lo que atañe al punto de vista cognitivo y divergente
en lo visual. Ocularizaciones como las antes mencionadas (Richard niño y adulto
que recuerda) o como una de las primera secuencias, cuando Virginia Woolf
observa desde el segundo piso la entrevista de su marido con el médico a través
de los barrotes de la barandilla, aparecen con frecuencia en las imágenes
(además de algunos raccords significativos), pero no son parte esencial en el
relato, ni están presentes en sus momentos más significativos. De esta manera,
la focalización interna (visual) que es fundamental en la novela, se transforma
en el filme en acciones representadas (escenas) y diálogos que dan cuenta del
mundo interior y reflexivo de los personajes.
Más importantes, o productivas son las auricularizaciones internas (variable)
que nos representan la percepción del mundo que poseen los personajes. Una de
las auricularicaciones más importantes en el filme es la voz en off de
Virginia Woolf en algunas de las secuencias de lectura de Laura Brown que sirve
para explicar sus pensamientos y dar consistencia a su caracterización. Otro
caso es, nuevamente, el de Richard y sus recuerdos de infancia, pues no sólo
vemos sus recuerdos del día en que su madre lo deja en la casa de la señora
Latch, sino también los oímos.
La focalización fílmica de tipo interno es, por tanto, importante en la
estructuración del filme (aun cuando predomine, como es lógico, una
focalización de tipo externo o espectatorial) pues gracias a ella el espectador
vive los acontecimientos de la misma manera en que los vive el personaje
(incluso en su cabeza) y sabe básicamente lo mismo.
El espacio escénico, por otra
parte, describe a los personajes a través del contraste entre luces y sombras,
de sus acciones, posturas, del cromatismo de la imagen, etcétera, pero no
entrega más información de la que ellos mismo poseen. Un ejemplo claro es el
suicido de Richard, para llegar al cual se han dejado una serie de pistas a lo
largo del texto que describen lo que siente el personaje, y que preparan y
conducen al desenlace sorpresivo (pero sin suspense ni enigma).
Un aspecto de gran importancia dentro del discurso del narrador es la
utilización de la música extradiegética que funciona en el filme como un
elemento más de la narración y cuya presencia, por tanto, no es meramente
incidental. En tanto elemento de la narración, la música organiza el contenido
diegético desde la extradiégesis a lo largo de todo el relato y, especialmente,
en secuencias de presentación (en forma de sumario) de personajes y acciones,
como es el caso de la ya comentada segunda secuencia del filme.
En cuanto al aspecto temporal la
película mantiene la estructuración cronológico sucesiva de tipo lineal de la
novela y la música funciona aquí como elemento de unificación temporal (cubre
las elipsis temporales y los saltos del montaje alterno), y produce un diálogo
ineludible entre las historias de las tres mujeres que emprenden las mismas
acciones o reproducen los mismos gestos.
En la película se suprimen casi todas las analepsis de la novela, como por
ejemplo la que explica el abandono de Clarissa, la que narra el pasado de Laura
(y su amor desmedido por los libros), la historia de Wellfleet, etcétera. Hay
algunas otras que se integran de manera lineal en la diégesis, como por
ejemplo, cuando en el capítulo 13 Laura va en el coche hacia el hotel y el
narrador cuenta lo que ha hecho justo antes; o bien se integran en los diálogos
de los personajes (ya no es el narrador quien las presenta), se eliminan, se
comprimen o han sido trasladadas de lugar para seguir la sucesión cronológica
de los acontecimientos. Son escasas las veces, por tanto, en que el filme
utiliza un flashback para integrar una breve historia, como ocurre cuando
Richard adulto recuerda el día en casa de la señora Latch (y que añade
dramatismo a la situación). La supresión de estos potenciales flashbacks, sin
embargo, no daña la disposición del contenido diegético tal cual aparece en el
filme, pero sí produce pequeñas lagunas que, como se ha comentado en los
personajes, quitan relieve a sus caracterizaciones (salvo en el caso de
Richard). Se simplifica, así, el contenido diegético, y, en consecuencia, se
diluyen de alguna manera los grandes temas planteados en el libro.
Al igual que la novela, el filme comienza con el flashforward del suicidio de
Virginia Woolf, pero añade una segunda aparición de esta misma secuencia como
cierre de la historia, esta vez, de manera lineal y sucesiva respecto al
devenir temporal de los hechos. En ambos textos, sin embargo, la secuencia del
suicidio de Woolf es una imagen autónoma (escena), independiente del resto del
contenido diegético.
A grandes rasgos la película mantiene la disposición sucesiva de
acontecimientos puesto que la presentación intercalada de los mismos así lo
permite, sin embargo, al estructurarse el contenido diegético en secuencias
breves y alternas, se crea un efecto mayor de simultaneidad propio de la imagen
fílmica que facilita el diálogo entre las tres (cuatro) historias (escenas
cortas, tipo sumario y de ritmo acelerado) dotándolas de una agilidad que no posee
el texto literario.
Es, pues, en el ritmo del
discurso donde más diverge (en tanto estructura) el texto fílmico del literario
puesto que las breves secuencias alternadas que describen la situación de los
personajes están en directa oposición a las pausas (reflexivas) que constituyen
la disposición básica de la novela. La música extradiegética es, en este
contexto, un elemento discursivo que contribuye claramente a la desaceleración
del contenido de la imagen, alargando el tiempo del discurso a favor del tiempo
de la historia (pausas). También son importantes en esta desaceleración del
discurso los primeros planos de los personajes que, en el caso paradigmático de
Laura Brown, aproximan la forma de narración al carácter reflexivo de la
novela.
El contenido de las analepsis, por otra parte, al hallarse integrado dentro de
los diálogos da cabida a la aparición de un número mucho mayor de escenas de
distinta duración en el filme. Al tratarse de la historia de unos personajes en
un solo día las elipsis temporales que aparecen en el filme tienen escasa
importancia a nivel narrativo. El tiempo es continuo y la estructura
cronológica similar.
Como consecuencia de todas las
supresiones antes mencionadas la película presenta una carencia de acciones
iterativas de mayor o menor importancia dentro de la configuración de los
personajes. En lugar de la acción representada (o descrita por el narrador, las
reflexiones, etcétera) el espectador cuenta con la información que le entregan
los diálogos sobre las costumbres u obsesiones de los personajes. Por otra
parte, debido a la estructura del relato fílmico antes descrita abundan en él
las repeticiones de acciones, aun cuando no son realizadas por los mismos
personajes (levantarse, tomar desayuno, poner las flores en el florero) y la
repetición de frases (Richard –Woolf: «No creo que haya dos personas que
hayan sido más felices que nosotros»).
Las horas de Stephen
Daldry corresponde, en consecuencia, a una adaptación por transposición pese a
las reducciones y ampliaciones que sufre el texto original, pues se mantienen
los temas, personajes y acciones esenciales del relato, así como la estructura
básica y el estilo que lo definen, mientras que la búsqueda de equivalencias
responde a la necesidad de traducir de la mejor manera posible el contenido
diegético de un texto a otro equivalente con distinto soporte. Ésta es la razón
fundamental de la conservación del título de la novela, que Cunningham eligió
sabiendo que fue el título que Virginia Woolf pensó dar en un primer momento a La
señora Dalloway (nuevamente el homenaje). El resultado de la adaptación es
una obra con entidad propia, cuya intelección es independiente de la novela que
le ha dado origen, aunque, como se ha dicho, ésta desarrolla en profundidad
aspectos que en la película sólo tienen una elaboración embrionaria,
suficiente, no obstante, para su compresión. Lo mismo podría decirse sobre Las
horas de Cunningham y La señora Dalloway, puesto que, pese a que
la primera es una actualización en toda regla de la novela de Woolf, es
igualmente una obra independiente y acabada cuyo desentrañamiento no exige que
el lector conozca necesariamente el texto precedente, aun cuando, como es
obvio, su conocimiento previo le permite dotar a texto final de una
significación que, por sí sólo, no posee.
Tres obras en diálogo, pese a que
las dos últimas no alcanzan la calidad estética de la primera, y tal vez ésta
sea la razón de su dependencia simbólica. La ruptura estilística y temática que
produce la publicación de La señora Dalloway en la sociedad de 1925 no
tiene el mismo valor cultural que la ruptura que plantea Las horas (en
sus dos versiones) a finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, ya que pese
a la actualidad de los temas y problemas que ambas plantean (la homosexualidad,
el SIDA) no llegan a transformarse en obras que vayan a marcar el devenir de
sus respectivos géneros. Ni creo que lo pretendan.