Reseña de 'Sabanas rojas' de Diana Massis
Francisco-J. Hernández Adrián
Duke University
Sábanas rojas (Aguilar Chilena de Ediciones, 2005) es la primera novela de Diana
Massis, escritora madrileña nacida en Santiago de Chile que había publicado
hasta la fecha tan sólo algunos cuentos. Sorprendente por la brillantez y
destreza de la escritura, Sábanas rojas es una novela mínima, como lo
indican su delgado cuerpo de 167 páginas en edición de bolsillo y sus cinco
breves partes. Novela o novella, este primer relato largo de Massis ha
surgido del cuento para diseminarlo más allá de los límites de su género. Más
de una confluencia hace pensar al leer el envolvente, exquisito texto de
Massis, en en la obra del joven escritor neoyorquino de origen dominicano Junot
Díaz. Pero al contrario de Drown / Negocios (1996 / 1997), único
relato largo de Díaz hasta la fecha, Sábanas rojas inicia un recorrido
literario que deja atrás, sin perderla de vista, la forma del cuento. Chileno
él y colombiana ella, Cristián y Melina se conocieron hace dos meses. Les
espera una "historia de amor" poblada de brujas y sátiros en el Madrid de hoy,
un mundo de laberintos muy a ras del suelo a donde ha llegado Cristián atraido
por la buena fortuna de su amigo Lucho y para convertirse en chapero. Melina
trabaja como dependienta en una tienda de ropa y le envía a su madre algún
dinero y "cartas" grabadas en anacrónicos casetes ("son difíciles las cartas,
prefiere escuchar su voz"), para que sus palabras viajen al otro extremo del
Atlántico, hasta Colombia. Un día Melina consigue vender unas sensuales sábanas
rojas sin sospechar qué cuerpos se abrazarán entre sus pliegues. Paralelamente
al cuento amoroso se nos narran los preámbulos e incidentes del primer servicio de Cristián.
Lo que se mueve por este
texto--pues hay pasos, prisas, carreras, persecuciones --cautivará desde el
principio al lector. Los movimientos cotidianos y precisos dejan entrever otros
más traumáticos, los grandes desplazamientos del viaje transatlántico que han
marcado las vidas de los inmigrantes del otro lado. Late también aquí, tanto
para el lector europeo como para el hispanoamericano, la reflexión
contemporánea sobre las vidas nada fáciles y más bien poco prometedoras de los
inmigrantes en la ciudad de Madrid. Entre el despegue (los recuerdos del punto
de partida son recientes) y el aterrizaje se va tejiendo una atmósfera de
aclimatación. Pues la llegada se prolonga en las miserias cotidianas, y se
convierte en un estado que pareciera no tener límites ni fin. Relato de
inercias, encuentros y rupturas casi insignificantes, Sábanas rojas es
un texto cuidadosamente contado para registrar las oscilaciones, cadencias,
vértigos y pérdidas de equilibrio de unos diez personajes que tejen y destejen
suntuosos mundos interiores por unos cuantos rincones mínimos de Madrid.
Madrid no es exactamente una
ciudad gris. El manejo que de los colores hace Massis no permitiría someter a
un símbolo unívoco lo que justamente es un sofisticado ejercicio de
tonalidades, brillos y reflejos por donde también se dicen la fluidez, la
untuosidad y la dificultad del juego de llegar a Madrid. Muy atrás han quedado
aquellas visiones sórdidas y grises de la ciudad en novelas como La colmena
o Tiempo de silencio; o de poemarios como Hijos de la ira o Las
personas del verbo. Los personajes son otros, la escritura es nueva, y
Massis nos ayuda a comprender cómo se ven y sienten las cosas desde otros
lugares: la patética resignación pequeñoburguesa de aquellos tiempos de la
posguerra y la dictadura aparece como el fantasma colocado en su justo lugar,
en el personaje de la castiza Eulalia, por ejemplo, que desea comprar los
servicios de un chapero; o en el de su criada Benita.
Madrid no es una ciudad
particularmente sórdida. Sórdidos son el miedo, la angustia y la precariedad
que acechan a los recién llegados. La sordidez se sitúa aquí del lado de lo
viejo y decadente, muy particularmente en las figuras de Eulalia y Benita y de
la grotesca madame Catalina Dupont. El Madrid de Sábanas rojas,
es curioso, puede recordarnos al Madrid de Luces de bohemia. El
esperpento, que tiene que ver más aquí con la vejez que con la distorsión,
permea el texto en sentido doble. Por una parte, el tiempo de la picaresca,
lleno siempre de azares, pequeñas catástrofes y duelos irresueltos, amenaza con
asfixiar los cuerpos. Por otra, la mera presencia de la vejez en el cuento de
amor interrumpe el espejismo de juventud y esperanza, nos presenta imágenes
monstruosas--distorsionadas--de la carnalidad. El esperpento se interpone así a
la mítica línea ascendente del deslizamiento América / Europa, y a la sensual
línea quebradiza de la juventud que se abre a todas las posibilidades del sueño
realizado.
La ciudad se muestra por la
mañana, por la tarde, por la noche, en sus facetas lumínicas. La mirada que nos
describe, con inspiración fotográfica, las luces de Madrid, debe situarse en el
intersticio que liga y separa a esta ciudad de las del otro lado que surgen
evocadas en la nostalgia de los personajes. La luminosidad de un casi
primaveral mes de febrero contrasta con la luz de Medellín (la ciudad donde
nació Melina), pero no tanto con la de Santiago (la ciudad de Cristián y Lucho)
o la de la Córdoba (Argentina), de Jonesy, otro de los chaperos, en los meses
de invierno. El contraste entre Madrid y estas ciudades que persisten en la
memoria de la separación no se da por el color-símbolo, sino por la discontinuidad
entre los espaciotiempos. En Santiago y Córdoba, el mes de febrero coincide con
el verano austral; de ahí que las sensaciones de caída, de dislocación y
pérdida de la temperatura corporal se planteen particularmente en el dilema de
Cristián: ¿acudirá o no a su primera cita profesional? Jonesy, por otro lado,
parece haberse instalado ya definitivamente en un estilo de llegada
lleno de ensoñaciones de biombos chinos, abanicos e infinitas delicadezas de
"estilo", como un José Asunción Silva o un Julián del Casal argentino. Esta
escritura aparentemente enjuta, en apariencia limitada por el espacio gráfico,
se abre a latitudes de lectura que sepan percibir la carga de sutiles gestos
espaciotemporales y pliegues lumínicos bajo la superficie del texto.
La elocuencia de Diana Massis
deslumbra por el lujo del lenguaje literario. La exhibición de la lengua culta
está aquí magníficamente contrapunteada con un gusto agudo y humorístico por
las diferentes variedades del castellano. Deslumbra también por un uso
diestrísimo de la digresión y de los efectos de simultaneidad. Massis deja
hablar al lenguaje, comunica el decir de unos personajes a quienes escuchamos
cuando se expresan y cuando se les describe, casi siempre, desde la complicidad.
Hablan solos, hablan entre sí, escuchamos repetidas veces la cacofonía de sus
miedos y deseos en la sucesión de simultaneidades (soledades y encuentros) por
donde nos va llevando el texto sinuoso, implacable en sus seducciones hasta el
final. Tal vez la más exquisita de las audacias de este texto resida en los
límites de la forma: novella o novela, el relato no ambiciona codificar
un mundo, no hay ni universos insospechados ni fabulaciones literarias dentro
de cada personaje, sino un juego a través del cual se van hilando posibilidades
y trampas. La puesta en escena del acto de narrar es aquí una observación casi
lasciva de la plástica de los cuerpos, de las correlaciones y singularidades de
sus gestos traducidos al lenguaje. El texto está coreografiado, pero la
coreografía está abierta, y abierto quedará el juego, invitando al deseo de
nuevas lecturas que sin duda Massis no dejará de ofrecernos.
El juego rehuye la abstracción
a través de sutiles localizaciones y deslizamientos del decirse y del decir de
estos personajes, que habitan los espacios con nomádica indiferencia. Madrid,
señalada como el lugar del presente y no tanto como el de la historia, no es la
suma de sus espacios concretos, sino una dispersión de sensaciones que envuelve
a los personajes con la inmediatez de una isla. Y como en una isla, la gran
plasticidad de Sábanas rojas escapa con frecuencia al cliché a través de
astutos gestos de extrañamiento y coincidencia entre los lenguajes de lo
sensual y de lo interno. Así, la metafísica del "mundo interior", del universo
compacto y psicologizante de la novela, no tiene lugar en el discurso,
sino que por el decirse y el decir se revela un juego de complementos y
sustituciones que han desistido de la vieja necesidad de los antagonismos. Algunos
de los personajes parecen antagónicos y sin duda lo son desde un punto de vista
formal, pero sus movimientos declaman otra trama: redes de relaciones cuya
complejidad y significado son casi simbólicos, sugieren la verdad fragmentada
de la inmigración más allá de las páginas, como bien sabemos quienes nos
encontramos hoy en Madrid. Cuando los personajes se enfrenten al juego común de
la supervivencia, cara a cara y hombro a hombro, la relación entre los cuerpos
y la forma de estar en el juego expresarán una erótica de las perversiones, un
placer de las permutaciones de la inocencia y la crueldad del que no podremos
sustraernos. La ciudad no es estática y no es un lugar fuera del cuerpo y del
mundo interior, sino que fluye, porque los cuerpos fluyen, en la trama del
juego y en su relato.
Fluyendo, siempre en
movimiento, los personajes parecen estar de principio a fin a punto de caer,
pero no hacia abajo. Tal vez sean la juventud y la inercia de las aspiraciones
de una vida mejor las fuerzas que paradójicamente conviertan la sensación de
caída en un estado de permanente llegada y en una progresión casi inmóvil,
mínima, hacia el lugar del deseo cumplido; aunque esta llegada suponga una
pérdida, un retroceso desde el punto de partida, donde una vida mejor no pudo,
no podía ser. Al llegar a la última página, el lector se preguntará si la caída
ha tenido realmente lugar o--y es ésta la pregunta difícil, la que nos
estimula--se ha tratado de un retroceso breve, un recodo en un camino mucho más
largo y lleno aun de innumerables juegos y azares. La ciudad se abre pero
también encierra y acorrala, la escritura respira al ritmo de las voces. Estas
provocadoras y deslumbrantes Sábanas rojas de Diana Massis nos invitan a
una lectura apasionada de la erótica de la nueva ciudad, que habla por los
cuerpos y por los pliegues de las vidas siempre en movimiento, arriesgadas y
duras, de los recién llegados.