- Perspectiva para un diálogo entre las reflexiones lingüísticas
Antes de establecer un dialogo entre las reflexiones que el pueblo mapuche hizo sobre su lengua y la lingüística actual, es necesario conocer en profundidad el lugar que el lenguaje tiene dentro de la cosmovisión mapuche para poder comprender dichas reflexiones a cabalidad, de manera de poder establecer un dialogo equilibrado entre ambas culturas y no una conversación basada en los prejuicios y en los lugares comunes que siempre dejan en desventaja a las culturas indígenas.
La voz de la tierra“Consideramos que los Genmapu son construcciones intersubjetivas, tal como lo son para el mundo occidental, por ejemplo, los indicadores económicos, el viejo pascuero o el gusto por la cocacola. Representaciones simbólicas de un sistema distinguido en el mundo social, y en este caso, las dinámicas de la naturaleza. Dada de la estrecha relación entre la persona y la naturaleza, todo lo que construyó el pueblo mapuche emerge esta”.60
El lenguaje para los mapuches tiene su origen en la tierra, pues de la Ñuke Mapu ellos aprenden todas las palabras. Esta concepción, opuesta al convencionalismo, a la arbitrariedad del signo lingüístico, se enmarca dentro de la concepción de lo que el mapuche entiende por “conocer”, y esta se enmarca dentro de toda una cosmovisión que es absolutamente distinta a la occidental. Aquí se puede establecer el primer punto de diálogo.
El mapuche es de la tierra, nace de ella y a ella volverá, se encuentra en ella y con ella siempre en un mismo plano, sin separarse de ella en ningún momento, lo que radica en que el mapuche en ningún momento “objetiviza” la realidad, poniéndose por encima de ella en una relación vertical en que el conocedor es sujeto y la naturaleza es el objeto conocido. El kimün mapuche nace de la conexión espiritual entre el pellü (frecuencia espiritual) del hombre y el pelli (“anima”) de la cosa, en una relación horizontal que posibilita un dialogo fecundo que no se verticaliza jamás. De esta relación nace el lenguaje, pues cada palabra del mapudungun nombra la “cosa” entera, sin dejar nada afuera de su significado, ya que es la misma tierra, la misma “Ñuke Mapu” la que le ha comunicado su nombre al mapuche. El lenguaje surge como la expresión transparente de la armonía epistemológica del pueblo mapuche, como espejo de una teoría del conocimiento que es capaz de conocer los secretos de lo conocido solo porque es capaz de escucharlo con su propia voz.
“Hablar mapudungun permite la respiración de la tierra, el habla es el aliento de la tierra, somos mapuche, hijos de la tierra y nuestra madre respira por nosotros, hablar es dejar que la tierra respire y ello da origen a la vida...La lengua es una fuerza más de la naturaleza, junto a todas las que forman parte de este mundo”61
Según lo anterior, el hombre se alza como un vínculo, un puente, entre la palabra dicha y lo referido por ella. El hombre es quien materializa la relación entre el mundo y la palabra, como el árbol, pulmón de la tierra, que al intervenir entre el mundo y la palabra, al nombrar las cosas, les infunde vitalidad, coincidencia con su propio ser.
La arbitrariedad del signo lingüístico, analizada desde esta perspectiva, nace de la separación del hombre y la naturaleza. El hombre se escinde del Todo que le dio origen, se levanta por sobre él, con la posibilidad de “objetivarlo”, de observarlo como una realidad independiente del observador, desde la que este valida lo que “dice”. En otras palabras, el hombre se levanta como sujeto agente de la acción de conocer, siendo la naturaleza su objeto paciente. El hombre estabiliza la naturaleza para poder nombrarla a la vez que se queda sordo para escucharla.
“La gnoseología de la No Unidad (occidental), separó el conocimiento o producto gnoseológico, separó al “sujeto” o “sujeto cognoscente”, del “objeto” u “objeto cognoscido” de la Realidad; esta gnoseología estableció una “relación cognoscente” vertical desde el sujeto cognoscente a pesar de sus enfoques objetivista, eclécticos, estáticos, mecánicos, dialécticos, fenomenológicos, relativistas, cuánticos y además, en esencia, desarrolló solo la razón instrumental”62.
Kimün mapuche: el despertar de la conciencia.Hemos dicho que la ciencia occidental tiene bases epistemológicas muy distintas al kimün mapuche, pero aún así es posible hacer analogías. Así como el científico tiene que aplicar un método claro y acorde con el paradigma que sirve de base para su investigación, el mapuche también tiene que seguir ciertos pasos para poder generar kimün. La gran obligación del mapuche como sujeto conocedor, es mantener su pellü constantemente alerta y vigilante para poder escuchar siempre la voz de su ñuke, su madre, que le habla a cada instante. Esta postura “metodológica” se refleja en el lenguaje, ya que el mapudungun tiene cerca de 15 verbos para nombrar la “movilización constante de la energía” (trepeln, nepen, duanlkülen, nüwan), o lo que en español llamamos despertar. También se ve reflejado en su religión, y aquí conviene hacer nuevamente otro alto.
Los mapuches creían que según la vida que uno llevaba, podía “resurgir” como otro ser después de la muerte. Así por ejemplo, si uno llevaba una buena vida, obediente con los principios morales mapuche “revivía” como un “ñamkantü”, un águila del sol, glorioso animal místico, pero si uno llevaba una pésima vida revivía solo como una mosca azul que molestaba al resto de los vivos. Pero cuando un mapuche llevaba una buena vida y, además, era capaz de realizar grandes sacrificios y se transformaba en un modelo para su pueblo, siendo capaz, incluso, de dar la vida por él, emergía como un pillan, un antepasado sagrado que resguardaba la seguridad de su pueblo (por ejemplo Leftraru o Kalfulikan son pillanes). El Pellüam cuando vuelve a la tierra consagrado como antepasado sagrado, lo hace tomando posición en un volcán, que en el momento que recibe alegremente a su nuevo huésped hace erupción como señal de este nuevo surgimiento. ¡Qué despertador más eficaz que una erupción volcánica!
Pero la erupción que anuncia el surgimiento de un Pellüam no es lo único que propicia este constante despertar. En este punto conviene revisar también la historia que nos relata el “origen” del pueblo mapuche. En resumidas cuentas, el hombre y la mujer caen de golpe en una tierra que ya existe, pero el hombre cae mal por lo que queda completamente aturdido. Ante este escenario, es la mujer la que recorre el mundo nuevo que esta a sus pies, y en este caminar mágico hace surgir todas las cosas, las plantas, los animales, la naturaleza toda, posibilitando su nacimiento. Una vez que recorre la naturaleza, la mujer vuelve a encontrarse con el hombre, y este, ante su belleza, se despierta y toma conciencia de su ser (trepelaimi duam) para poder empezar la vida sobre esta nueva tierra. Conviene ahora dar un ejemplo de lo que para el mapuche significa estar despierto para escuchar a la “Ñuke Mapu”
“Los libros de los viejos eran los árboles. Allí ellos aprendían a leer lo que iba a pasar. Los hombres de antes, después de bañarse en el estero con la luz del wüñeylfe (“El lucero de la mañana”: Venus), salían a aguaitar las cascaritas (“observar las cortezas”). Cuando el árbol traía de la noche unas rajaduras largas, de arriba abajo, eso era küme chilka, “buena señal”. Indicaban que los que nos manejan a nosotros, estaban de acuerdo con lo que el hombre iba a hacer ese día. Y cuando veían que el tronco amanecía con unos cortes chicos atravesados, con unos tajitos eso era weda chilka, “mala seña”. Entonces al ver esto, no salían ni de su casa porque si le contravenían al árbol, lo iban a pasar muy mal. Es que a los árboles “Los de Arriba” los usan como pasadizo para bajar y traernos noticias de lo que no se ve. Antes había gente especial que conocía estos secretos, por eso es que nosotros los pocos mapuches viejos que vamos quedando, nunca antes necesitamos libros ni de escritura, porque todas las letras ya estaban hechas desde el principio de los mundos”.63
Esta visión del árbol no es la única muestra de comunicación entre el mapuche y la naturaleza, existe muchas otras formas que por razones de tiempo no puedo contar. Pero esta visión del árbol, curiosamente, es muy común en muchas culturas, entre estas la latina y la germana, “En el caso de la cultura germana, la palabra letra del alemán, Buschstabe, procede del nombre del árbol conocido como Die Buche, una haya, de donde a su vez deriva la voz Das Buch, el “libro” (the book)”. Lo anterior se explica con la “mitología” del pueblo germano, pues es en una Haya donde el dios Odín se crucifica voluntariamente para luego revivir y resucitar junto con él al conocimiento oculto de la naturaleza, descubriendo para los hombres las cunas, es decir, las letras.
En el caso del latín, la relación del árbol con la letra no es tan directa, pero si lo es con la idea de “altar”, de “oráculo”, pues “su raíz latina arbor, esta compuesta de ara “altar” y bor-boreus, “boreal, de la tierra de los dioses hiperbóreos”. Es decir, árbol sería literalmente “altar de los dioses hiperbóreos”, “sitio sagrado de manifestación o conexión con la divinidad”.
Oralidad y escritura: Una relación inestableTomando en consideración estas historias llegamos al segundo punto de diálogo con la lingüística occidental. El mapudungun es oral, y como tal, su desenvolvimiento es completamente distinto al de las lenguas que poseen escritura. Nuestra hipótesis es que si la gente de la tierra no desarrolló escritura para su lengua fue porque su vida social podía desenvolverse perfectamente sin ella, pues las condiciones que, generalmente, se dan en las sociedades para que surja la grafía no estaban en el pueblo mapuche, lo que refleja una diferencia de organización más que un retraso o un barbarismo. La segunda parte de la ponencia está orientada a respaldar esta afirmación, analizando la sociedad mapuche, su cosmovisión y formas de organización.
Una sociedad basada en la cortesíaEl pueblo mapuche no tenía Estado. Lo que no quiere decir que no tuviera autoridades u organización o que vivieran en el más absoluto caos. Eran una sociedad sin un mecanismo de control externo a ella, donde el poder no se encontraba centralizado, sino repartido en las unidades familiares, los lof, enormes grupos humanos liderados por un lonko, el hombre más antiguo y sabio de la comunidad.
Estos lof vivían separados unos de otros, pues los mapuches rehusaban vivir en pueblos, por lo que cada lof contaba con una relativa independencia. Detestaban vivir “apretados”, apiñados en un pequeño espacio de tierra. Al parecer, sabían de las grandes tensiones y problemas que provoca la gran densidad poblacional, quizás anticipando el dicho popular que dice “pueblo chico infierno grande”. Aún así, no eran una sociedad dividida, sino más bien una extensa cultura unida y homogénea, que compartía principios, valores y costumbres, lo que se puede ver en la gran extensión del mapudungun, que se ha hablado con pequeñas variaciones desde Copayapo hasta Chilwe.
Esta situación era posible porque si bien no les gustaba vivir juntos, les encantaba visitarse. Los lof se establecían, generalmente, cerca de los ríos, los que estabilizaban el clima y, además, les facilitaba el desarrollo de la horticultura. Estos, en lugar de ser una frontera, un obstáculo a superar, eran un vaso comunicante entre las familias, pues su carácter navegable les permitía viajar al lugar de la visita con gran rapidez, manteniendo una gran conectividad entre todo el pueblo. Pero, ¿a quienes visitaban? ¿Por qué lo hacían?
El pueblo mapuche tenía una compleja red de relaciones familiares, lo que se ve reflejado en el mapudungun, que tiene una gran especificidad a la hora de nombrar a los parientes, complejidad dada por la forma en que el mapuche miraba el matrimonio. La familia mapuche era poligámica. En esta cultura, el matrimonio era el principal sistema de alianzas entre familias. La joven mujer era intercambiada por distintos productos y abandonaba el hogar paterno para ir a vivir donde su esposo. La mujer, por lo tanto, era el punto de contacto, de unión, de la sociedad mapuche, pues posibilitaba las fuertes alianzas entre familias y el consiguiente intercambio, lo que a la larga servía para disminuir las tensiones sociales que hacen necesario un Estado controlador, y lo mas importante para los efectos de esta investigación, llevaba toda la historia de su familia, su idioma, sus costumbres a su nuevo hogar
“El pueblo mapuche fue un pueblo que contuvo mucho amor. Y era tan así, que se querían tanto estos viejos antes, que para vivir mejor unían la familia, que tu hijo, cuando era una guagua, y mi hijo tendrían que ser pareja, tendrían que ser matrimonio. Para que mejor seamos una sola sangre, un solo corazón”64.
Bajo este contexto intentemos, por un momento, imaginar la cotidianeidad de una familia mapuche. Nuestro imaginario padre tiene cuatro esposas y tiene cuatro hijos con cada una, y como es un lof, una comunidad familiar, vive cerca de sus hermanos y de sus padres, los abuelos de los niños. Para que la imaginación no se nos desbande dejaremos de lado la familia de los hermanos (que sumaría más esposas e hijos a la comunidad).
Entonces tenemos que en una ruca (la casa mapuche, amplia, sin habitaciones delimitadas, y que al medio tiene el fogón), donde conviven cuatro historias de distintas familias mapuches, cuatro formas de entender la vida que se van fusionando en el amor familiar (aunque cueste creerlo, las esposas de un mapuche se querían mucho entre si). Cuatro formas de vivir que son escuchadas atentamente por los niños y niñas de la casa al calor del Kütral (fogón), donde se reunía la gran familia a la hora de las comidas, que sumadas a la sabiduría y experiencia de los abuelos constituyen la “educación” del niño, su proceso de formación.
Ahora imaginemos que las niñas de ese grupo irán a vivir a otros lof y los niños se casarán con otras 4 o 5 mujeres, generando una compleja red de alianzas.
Las visitas, en este contexto, eran las que realizaba una mujer y su nueva familia a su familia anterior. Estas eran motivo de gran alegría y festividad que ameritaba grandes celebraciones. De hecho la familia que visitaba llegaba a su destino cargada de muday, chicha, carneros y comida en general, totalmente “aperada” para la celebración, que significaba un fortalecimiento de la alianza socio-política entre familias iniciada con el matrimonio. En estas largas visitas se daban nuevas instancias de conversación y esparcimiento donde los niños y jóvenes tenían la oportunidad de escuchar las historias y consejos de personas de distintos lugares.
“La comunicación horizontal producida por las canoas de mujeres desplazándose en visitas de familia en familia, los intercambios permanentes de personas y productos constituyeron una sociedad unida en su base estructural”.65
La Tierra agradece a sus hijosAún así, está claro que solo con la cortesía no se deja de necesitar un Estado. Los mapuches desarrollaron una sociedad hortícola que se complementaba con la pesca, la caza y la recolección de frutos como el pehuén. Pero el contacto con los incas (pu inka, de donde viene la voz “winka”) les permitió conocer una sociedad intensiva capaz de sustentar a un gran imperio. En el caso de los incas, la aridez de su medio ecológico los obligó a desarrollar sistemas de regadío artificial, lo que creó la necesidad de administrar y, por lo tanto, centralizar la mano de obra. Así, por ejemplo, nace la “mita”, relación laboral en la que el Estado va juntando cierta cantidad de gente de cada familia para que construyeran los canales de regadío, sistema con el cual también se construyeron las redes de caminos y los grandes monumentos. Pero también tenían otro tipo de relaciones laborales, conocido como la “minga”, trabajo comunitario en el que una familia llamaba a otra para que le ayudara con los quehaceres agrícolas y esta era retribuida con un gran festín al final de la tarea.
En el caso de los mapuches, el propicio clima del sur (sobre todo desde el Bío-Bío al sur), y la irrigación natural proporcionada por la gran cantidad de ríos, hicieron que un sistema centralizado de regadío no fuera necesario, pudiendo desarrollar una agricultura intensiva de secano. Por lo tanto, la “mita” no se incorporó, de hecho no existe en el mapudungun, haciendo que no fuera necesario cambiar la organización social existente para incorporar las nuevas tecnologías agrícolas incas a la sociedad mapuche. Es más, en el caso de la “minga” contribuyó a fortalecer esta organización:
“A diferencia del mundo andino, con una cultura del trabajo dependiente, el mundo mapuche desconocía el concepto de “servir”, o de trabajar en forma dependiente [...] La entrega de trabajo a un tercero, un señor, no retribuido más que parcialmente, no existía como concepto”66
En definitiva, las relaciones que se daban en el seno de la sociedad mapuche, descrita anteriormente, son respaldadas por un medio ecológico absolutamente favorable que permite el desarrollo de relaciones laborales, familiares, descentralizadas y lo suficientemente efectivas como para sustentar a una gran cantidad de población y dejar el tiempo libre necesario como para que las relaciones de cortesía que fortalecían las alianzas político-sociales pudieran existir. Esta forma de relacionarse aún pervive en sectores de la sociedad chilena. Es fácil captar la gran semejanza que ahí entre la trilla campesina y la forma de trabajar del mapuche, y es más evidente aún la relación que tiene esta con la “minga” chilota.
CONCLUSIONES
Una vez descrita, a grandes rasgos, la estructura de la sociedad mapuche, conviene dar los argumentos que nos permiten afirmar que el hecho de que hayan sido una cultura ágrafa no es signo de barbarie o incivilización, intentado romper el carácter jerárquico lineal que siempre ha mediado la relación oralidad-escritura. Para tales efectos, analizaremos, primero, las razones por las que las civilizaciones americanas (por dar solo un ejemplo) desarrollaron un sistema de notación y compararemos esas circunstancias con las de la sociedad mapuche:
“La notación de las sociedades andinas y mesoamericanas, surgió sin duda, a raíz de la necesidad de racionalizar la administración en unas formaciones social y económicamente complejas, además de centralizadas, también para fijar, de modo indiscutible, los méritos histórico-genealógicos y los valores de las sucesivas castas hegemónicas”67
El pueblo mapuche desarrolló una sociedad donde la cortesía y la festividad estaban en el centro, como principales “instituciones políticas” que aseguraban la armonía en las relaciones humanas dadas en su seno. Por esto, no tuvieron necesidad de desarrollar un estado centralizador del poder, administrador de grandes extensiones de terreno, de manera tal que ni las relaciones laborales ni la producción asociada a ellas se burocratizaron, tampoco dejaron de hacerse en presencia de los actores involucrados en ella. Por lo tanto, al no existir un organismo externo al proceso mismo de la producción, se hacía innecesario, inimaginable la fijación de este proceso, en tanto rendición de cuentas que deben ser fiscalizadas, o en tanto datos “objetivos”, sobre los que reflexionar para cambiar las prácticas productivas, pues ni esos conceptos ni la entidad que los llevaría a cabo existían en el pueblo mapuche.
Los lof, las unidades socio – econo – afectivo – productivo – culturales, eran células comunitarias de trabajo colectivo, con una estructuración administrativa orgánica y acorde a estos principios. Considerando esto y toda la organización señalada anteriormente es que podemos decir que los mapuches al no desarrollar una maquinaria burocrática de poder a distancia no necesitaron la inscripción administrativa, es decir, la escritura discursiva de control, de producción de archivos, para poder funcionar y vivir como una totalidad armónica, y por lo tanto no desarrollaron ni una conciencia mental ni su correlato material no por barbarie ni retraso sino que simplemente porque no era coherente con su forma de vida. Pero la escritura no adquiere su vida solo desde el punto de vista económico administrativo, también constituye un mecanismo eficaz de transmisión cultural. En este sentido, cabe relacionar lo anterior con lo expuesto acerca de la sociedad mapuche para sacar conclusiones interesantes.
Considerando que las familias se unen a través de lazos de parentescos enormes, disminuyendo, de esta manera, la tensión social, estamos en presencia de un sistema de organización basado en la cortesía, en donde la mujer es entregada como alianza socio-política-afectiva para generar dicha unión. En el constante intercambio la mujer lleva la palabra de su familia paterna a su nueva familia, generando una unidad político cultural importantísima como sostenedora de la armonía. En este contexto, la efectividad de la transmisión de la palabra es vital para la conservación de la cultura. Esta transmisión se ve asegurada por los mecanismos educacionales mapuche, que orgánicos a la sociedad en la que nacen, permiten que la tradición vaya pasando de generación en generación. Por ejemplo, podemos ver como se les enseñaba a los niños el ulkantun (poema):
La transmisión de conocimientos acerca del ül se realiza en la intimidad del hogar, principalmente por parte de los abuelos, constituyéndose en una instancia de fortalecimiento de las relaciones familiares, y principalmente de valoración de la sabiduría de los mayores [...]. Este proceso le permite al aprendiz la introyección de diversos códigos comunicativos, como lo son el musical, el lingüístico, el pragmático, etc. [...]. En las culturas orales el aprendizaje es participado, vivido o cantado, el Mapuche aprendiz adquiere el conocimiento por un entrenamiento participativo en una memoria corporativa que envuelve todas sus relaciones. El ülkantun se enseñaba para la educación y fortalecimiento de la personalidad.68
En el fondo, la educación en la cultura mapuche era una relación orgánica perteneciente a la vida misma, en el seno de la familia, que no se realizaba a través de una institución creada por un organismo rector externo para que la cultura se transmita. En una cultura sin Estado, y por lo tanto, sin instituciones encargadas de la homogeneidad y control poblacional, la educación en torno al kütral, y las visitas adquieren un carácter “institucional”, transformándose en relaciones vitales para la unidad del pueblo mapuche. En el fondo, son los mecanismos de transmisión oral de la cultura, donde los niños al calor del fuego y de la numerosa familia recibían su educación.
Cabe recordar que para el mapuche los antepasados son sagrados, merecedores del mayor de los respetos y, por lo tanto, tenían un lugar importantísimo dentro de la “educación”, protagonizando gran cantidad de historias y sirviendo de ejemplo a seguir en los consejos entregados por los ancianos. La “institucionalidad” antes descrita se encargaba de que el niño conociera al revés y al derecho la historia de sus antepasados, requisito primordial para hacerse hombre, no como un mero anecdotario, sino porque en ella el mapuche encontraba las respuestas para desenvolverse en el presente y vivir bien en el futuro. Da para reflexionar sobre este tema la afirmación de Felix de Augusta sobre los tiempos verbales del mapudungun:
“El araucano no atiende casi al tiempo presente, sabiendo que es fugaz, sino que mira al fin de la acción, por si se verificó en el pasado o se verificará en el futuro. Por tanto, no dice “llego”, sino ó “llegué” o “llegaré””69
Por lo tanto, los procesos educativos, que no están insertos en relaciones de poder que los instrumentalicen, se alzan como un proceso de preparación para la vida toda, sin segmentaciones. Dentro de este marco, la educación los preparaba para desarrollar sus estructuras cognitivas de tal modo que sus oídos siempre estuvieran atentos y la memoria siempre dispuesta para poder aprender el kimün entregado por su familia.
En conclusión, los mapuches fueron capaces de desarrollar mecanismos de transmisión culturales efectivos, organizándolos bajo sus propias lógicas, de manera tal que los medios usados se alzan como absolutamente concordantes con los fines que se persiguen.
Finalmente, precisamos que la sociedad mapuche, estrechamente ligada con la naturaleza, se alza como una “escuela” en la que el hombre debía saber conversar con la realidad toda que lo llamaba, debía aprender a escuchar a la “Ñuke Mapu” y, a la vez, saber hablarle, en un proceso de comunicación constante, que no necesitaba fijarse para transmitirse.